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Traslasierra, el valle de las mujeres aterradas, desaparecidas y muertas

Publicado el dia 18/02/2021 a las 18h02min | Actualizado dia 21/02/2021 às 20h18min
Aquel viejo páramo del oeste cordobés hace tiempo ya no es lo que era, ese rincón del mundo en donde todos podían vivir despreocupados del temor a ser violentados por la maldad de asesinos y criminales.

Por Alejandro Jeandet

Traslasierra, el valle de las mujeres aterradas, desaparecidas y muertas, aquel viejo páramo del oeste cordobés hace tiempo ya no es lo que era, ese rincón del mundo en donde todos podían vivir despreocupados del temor a ser violentados por la maldad de asesinos y criminales, se ha convertido en una zona de terror para nuestra mujeres. En aquella superficie, rodeada de una naturaleza única y caprichosamente bella, se ha manchado con la no justicia alcanzada en al menos cuatro casos que son llaga hiriente para nuestra sociedad.

Hablamos de la desaparición y muerte de Marisol Reate, la desaparición de su hija, Luz Morena Oliva en el verano del año 2014. De Marisol solo se encontró apenas un fragmento de su cuerpo, su craneo en la zona cercana al Dique la Viña, el cual tras el peritaje de ADN diera con la triste noticia de que se trataba de la infortunada, pero de su hija, hasta ahora, nada se sabe.

Ese mismo año, y apenas una semana del caso Rearte/Oliva se esfumaba del valle, la tercera víctima, Gloria Gallardo, quien vivía en San Javier, como en el caso anterior, la justicia, siempre lenta, jamás logró encontrar hasta ahora una respuesta firme al por qué. En el medio, un calvario asaltó a las familias de las víctimas, que sin más, debieron dejar a un lado el duelo, para juntar coraje y ahondar en un submundo judicial, y de reglas que hasta ahora ninguna respuesta brindaron.

En septiembre de 2018, el horror se volvió a apoderar del Valle de Traslasierra, cuando el 18 de aquel mes, Delia Gerónimo Polijo de 14 años, en el trayecto de regreso a su casa (Paraje, La Guardia), tras haber cumplido su actividad escolar en la localidad de La Paz, desaparecía sin dejar rastros. De ella, hasta el día de la fecha nada se sabe, y el verano sigue siendo un dolor supremo para su familia, pues este 18 de febrero cumpliría 17 años, a 29 meses de su desaparición su familia marchó ayer en La Paz, en coincidencia con la movilización nacional de Ni Una Menos, pidiendo justicia.

Actualmente, las causas Rearte/Oliva, Gallardo y Gerónimo Polijo, a pedido de todas las familias de las víctimas se encuentra bajo la investigación de la Fiscal, Dra. Lucrecia Zambrano. Por donde se observe hay dolor, hay un clamor insaciable de justicia, para poder saber que sucedió con todas estas personas desaparecidas en plena democracia.

Mientras el tiempo se aleja de cada uno de los hechos, el velo del olvido cubre los ojos de esta sociedad que pasa desprevenida, avanzando sin reacción ante un hecho que todo el mundo debiera repudiar. Estos son al menos hechos y causas investigadas, pero puertas adentros, sabemos del espanto que viven muchas otras mujeres, que fruto de las amenazas, son ultrajadas, amenazadas, maltratadas por sus parejas.

La justicia, no es preventiva, la justicia actúa sobre hechos concretos, pero en el caso del maltrato, de los feminicidios que en lo que va del presente año, han superado a nivel país más de medio centenar, reflejan a las claras, que nuestra sociedad está enferma. Hace décadas que una pandemia poco reconocida, invade nuestra tierra, entonces, nos preguntamos, acaso no es el estado el que debe asumir esta situación, en donde debería actuar anticipadamente, evitando más muertes.

Acaso el estado no debería pisar el mismo calzado de aquella mujer que aterrada, esconde el horror, el espanto de aquel entre comillas señor social, que a los ojos de todos es el mejor de todos y que puertas adentro de su casa, se convierte en la peor pesadilla. Cuántas mujeres más se deben morir para que cuando una mujer se presente a denunciar a su agresor, no sea maltratada, no se ningunee, no se subestime su situación y la dejen en la calle sin ninguna protección.

Cuántas madres se deben morir, cuántos niños se deben quedar sin sus progenitoras para que a un legislador se le ocurra hacer valer lo que ellos han legislado o simplemente, se interpele si lo hecho desde su ámbito, es, o no suficiente. Mientras el tiempo pasa, hay cientos de mujeres que viven encerradas, evitando contacto con su agresor, evitando lo peor, mientras una sociedad los apaña, porque jamás son escuchadas cuando ellas cuentan su verdad.

Cuántas niñas deben morir, para que nuestra sociedad diga basta a esta barbaridad, para que ninguna de ellas sufra abuso alguno, y no solo físico, sino mental, comunicacional o virtual. Debemos cambiar, debemos educarnos como sociedad, pero debemos reconquistar esos valores de humanidad que solo con fe se potencian y cimientan para fundar una nueva sociedad.

Tenemos que aspirar a ser una sociedad inclusiva, no aquella que desde hace años compite por ser cada vez más individualista, no podemos abandonarnos a la nada misma. Resulta hasta vergonzoso como país que solo sean las familias, que acompañadas por organizaciones sociales, una y otra vez, saquen de donde no hay la energía para pedir justicia, el dinero para investigar, las herramientas para resolver.

Hoy el estado, en cualquiera de sus variantes mira de lejos lo que el mismo debe asumir como responsabilidad, no podemos más permitir que otra niña o mujer nuestra, pierda su esperanza y vida en manos de la impunidad de seres desagradables. Esos que amparados en la oscuridad de la ilegalidad, se disfracen de corderos y transiten sin más entre nosotros, para mostrar su verdadera identidad a sus víctimas en la soledad de su barbarie, queremos justicia, queremos cambiar.-

Fuente: Cadena Mediterránea